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Pecados culturales (IV) – El hundimiento

Últimas noticias: el fracaso (¿definitivo?) del PEC

Cuando ya creíamos que el PEC había sido simplemente abandonado –como otros proyectos culturales de envergadura- en algún cajón del Ayuntamiento, parece que algo se mueve. En febrero de 2012, la nueva consejera de cultura, Ana Zabalegui –anterior responsable del PEC, a la que suponemos perfectamente informada- declara que: “En este momento estamos desarrollando la base del plan, viendo por dónde empezamos y cuál va a ser la mecánica operativa. Va a ser uno de nuestros principales proyectos.”

Pero, a la vista de los hechos, no es más que una cortina de humo para aplazar el batacazo irremediable. Sólo tres semanas después, Fermín Alonso, concejal de cultura del Ayuntamiento, anuncia públicamente la cancelación del contrato con la empresa KEN (la ajudicataria que todavía se mantenía en el proyecto), por no cumplir los plazos.

Fermín Alonso y José Carlos De La Dehesa, en rueda de prensa. (ep)

De los 55.000 euros presupuestados se han gastado 30.000 en elaborar un diagnóstico de la vitalidad cultural, que la concejalía aprecia como suficiente y válido. Otra es la opinión de la oposición municipal, que llega a pedir la dimisión del concejal por “negligente”.

Sin embargo, la concejalía se guarda un as en la manga: propone una Mesa de la Cultura, de carácter participativo, que recoja el testigo del PEC. A partir de esta nueva propuesta, la oposición se posiciona. Matizándola y ampliándola como NaBai, que recupera su modelo de Consejo de la cultura; o como Bildu, cuestionándola y proponiendo un proceso participativo previo para conformar el nuevo órgano de gobierno.

Por su parte, REC , el único agente cultural que derivado del grupo 15M Cultura ha seguido críticamente el proyecto, publica el artículo “Adiós al Plan”, en el que expone su visión del fracaso consistorial y apunta hacia la política de recortes culturales como razón última de la cancelación del PEC.

En los días posteriores, REC inicia una ronda de contactos con todos los grupos municipales. El objetivo: chequear la situación. El punto de partida es una carta abierta, “Sobre la mesa”, dirigida a los partidos, en la cual se insiste en 4 condiciones para recuperar la confianza: “que la mesa de cultura, formada por agentes culturales, sea un órgano ejecutivo, con capacidad de decisión plena, y no meramente consultivo, que tenga una asignación presupuestaria, que abra vías de participación real (es decir, que no tome las decisiones por sí mismo, sino mediante convocatorias abiertas y procedimientos inclusivos) y que tenga capacidad de dotarse a sí mismo de estatutos.”

Pero la (im)probable historia de la mesa o consejo de cultura será ya otro relato y merecerá a buen seguro otra crónica; al día de hoy la única constatación es el fracaso absoluto del PEC, posiblemente por una combinación de causas técnicas y políticas. La falta de recursos económicos y de tiempo para desarrollar un complejo proceso participativo unido al desconocimiento del tejido cultural pueden ser algunas de las razones del fracaso técnico del proyecto. No obstante, el largo silencio administrativo –5 meses nada menos- tras la suspensión de actividades del proceso participativo de PEC y el descuelgue de empresas y responsables, indica que la crisis del proyecto y su cancelación tienen una explicación eminentemente política.

La flagrante contradicción de las declaraciones de la consejera de cultura del Gobierno navarro y el anuncio del concejal del Ayuntamiento, así como la sorpresa de Fátima Anllo al verse como culpable única del desaguisado, nos señala la determinación política como causa mayor del finiquito del proyecto.

El PEC, pese a que estaba mal concebido y gestionado, podría haber tenido una segunda oportunidad, si hubiera habido suficiente confianza e implicación por parte de los responsables políticos que lo impulsaron. Pero en verdad era un proyecto fuera de lugar, destinado al fracaso.  Hay quien dice que era propio de otros tiempos más prósperos y más aperturistas. No lo sabemos. Sólo nos ha dejado un limitado informe y una estela de deslegitimación de las iniciativas de la administración en cultura y participación.

El ejecutivo navarro ha seguido maniobrando hábilmente con las ayudas culturales. Ha concedido, por ejemplo, sustanciosas pero rebajadas ayudas a entidades como la ENT y ha cancelado la pequeña subvención de los festivales de cine navarros. Sigue jugando, con mano experta, al juego que mejor conoce: el oportunismo y la improvisación como ingredientes básicos del espejismo cultural. Todo ello sin abandonar los manuales de gestión neocon: liberal en lo económico, conservadora en lo social.

Creemos sin embargo que, con el fracaso del PEC, el espejismo se ha esfumado definitivamente.

Sobre la mesa

Se viene hablando estos días de la necesidad de sustituir el malogrado Plan Estratégico de Cultura por una “mesa” o un “consejo”. Distintos grupos municipales han presentado sus propuestas para cubrir ese hueco.

No obstante, por los documentos que han llegado a nuestras manos, pensamos que ninguna de esas propuestas atiende al reto fundamental: la creación de espacios de participación ciudadana en las políticas culturales, o lo que es lo mismo, la puesta en marcha de herramientas de gestión democrática real, abierta y transparente, de los recursos e infraestructuras públicos.

Los detalles de la confección técnica de dichos espacios y herramientas nos parecen secundarios. Sí consideramos, en cambio, que hay cuatro características irrenunciables que el nuevo órgano de gobierno municipal debe reunir:

  1. Que sea un órgano ejecutivo, con capacidad de decisión plena, y no meramente consultivo.
  2. Que tenga una asignación presupuestaria.
  3. Que abra vías de participación real. Es decir, que no tome las decisiones por sí mismo, sino mediante convocatorias abiertas y procedimientos inclusivos.
  4. Que tenga capacidad de dotarse a sí mismo de estatutos.

Si no recoge estos cuatro puntos, la puesta en marcha de la nueva mesa, consejo o lo que sea, no supondrá más que la aceleración de tendencias que parecen, a estas alturas, difíciles de revertir: el alejamiento entre las instituciones y tejido cultural vivo, la gestión de la cultura como amenaza más que como riqueza, o lo que es peor, el expolio de unos recursos que son de todos.

En síntesis, estamos ante la oportunidad de realizar verdaderos avances en el acceso democrático a ese patrimonio común que genera la cultura en la ciudad. O bien continuar con un paripé muy poco disimulado.